Vida, amores y traiciones de Juan Manuel de Rosas

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Florencia Canale cuenta en primera persona cómo pensó “La hora del destierro”, novela que cierra la trilogía de Juan Manuel de Rosas que comenzó con Sangre y deseo y continuó con “Lujuria y poder”.

Con la reciente publicación de La hora del destierro se cierra la trilogía de Juan Manuel de Rosas. La vida, amores, traiciones y mucho más del hombre que dividió el siglo XIX y que en principio sería un libro, pero por argumentos de fuerza mayor devino en tres. Luego de años de investigación y escritura se cerró el capítulo del político que enfrenta –aún hoy –a argentinos en dos orillas.

Amante, como soy, de las historias secretas, Rosas me reclamó mucho antes. Mientras investigaba y escribía Amores prohibidos. Las relaciones secretas de Manuel Belgrano, ahondé en el asunto que me confirmaría el deseo inamovible de contar la vida de aquel hombre: él y su mujer, Encarnación Ezcurra, habían adoptado –en la mayor de las reservas –al hijo de Manuel Belgrano y María Josefa, hermana mayor de Encarnación, como propio. Y no sólo eso, Juan Manuel y su amada habían armado una estratagema feroz para lograr su cometido. Encarnación inventó un embarazo y a los padres del dueño de la “semilla” no les quedó otra que entregar apellido, hijo y estirpe. Ahí empezó el germen de una curiosidad extrema.

A grandes rasgos y gracias a la enseñanza escolar, nos quedó fijado que Juan Manuel de Rosas fue el caudillo por antonomasia, que se inició en el negocio del saladero agregándole cifras a su ya abultada fortuna familiar, que fue dos veces gobernador de la provincia de Buenos Aires y que ostentó facultades extraordinarias, que se lo señaló como el Tirano, que promovió la furia entre unitarios y federales, y que cayó en la batalla de Caseros en manos de Justo José de Urquiza. Pero es evidente que fue mucho más que eso.

Por lo pronto, me cautivó desde el principio, desde su más tierna infancia, que de ternura, poco. Parece que Juan Manuel comenzó dando muestras de su bravura en la niñez. Cansada su madre de las travesuras que cometía, lo encerró en sus aposentos sin comer. Juan Manuel no agacharía la cabeza ante la ley parental; envalentonado, incendió su cuarto, sin más. Eso le valió la internación inmediata en un colegio pupilo.

Los primeros años de vida, Juan Manuel vivió en el campo de su madre, Rincón de López, y compartía largas horas con los indios. Hablaba su lengua y así fue que en sus repetidos encuentros con caciques no precisó de lenguaraces. Dicen que aprendió a montar antes que hablar. La fascinación por los caballos la heredó de Agustina López Osornio, su madre, para luego transmitírsela a su hija Manuelita

Rosas supo de sus limitaciones intelectuales. Era un hombre de campo. Pero eso no le impidió atender con sumo interés a los que dominaban el conocimiento. Escuchaba recomendaciones y leía lo que debía. Ya en el exilio fantaseó con escrituras varias, dignas de publicación. Entre lo poco que subió al barco que lo llevaría a Inglaterra estaban sus manuscritos y libros, que lo acompañaron hasta el final de sus días.

Como varios de nuestros próceres, Juan Manuel de Rosas murió en el exilio. A diferencia de José de San Martín, lo hizo en la pobreza. Con el destierro se le confiscaron casi todos sus bienes. Esperó que le devolvieran las tierras casi hasta el final de sus días. Urquiza hizo bastante para movilizar la orden de restitución pero le resultó imposible. No fue el único que reivindicó al Restaurador caído. En su farm de Southampton recibió a algún que otro enemigo de los tiempos de la provincia del Sur, que luego cambió de parecer. Incluso dio explicaciones de sus actos. Sólo los unitarios incendiarios mantuvieron su oposición acérrima; el resto entendió razones.

Como hago cada vez que puedo, viajé a Southampton para recorrer la ciudad portuaria donde se instaló luego de la fuga. También lo hice con Boulogne Sur Mer –lugar al norte de Francia, donde San Martín vivió sus últimos años – y la zona del Pall Mall, St James Park, el club de hombres White’s Club, en Londres –durante la misión diplomática que llevaron a cabo Manuel Belgrano y Bernardino Rivadavia en 1816 –para mis novelas anteriores.

Me detuve en el portón de la iglesia Saint Joseph, la misma en la que se casó Manuelita Rosas con Máximo Terrero, tras el sinfín de prohibiciones y afrentas de su padre. No pude entrar, estaba cerrada. Espié todo lo que me fue posible e intenté reproducir aquella fecha feliz pero no tanto, con un padre ausente y una cantidad de recuerdos escondidos por ahí. Al día siguiente, caí en la cuenta de que mi visita había sido un 23 de octubre, el mismo día de aquella boda pero de otro año. Fui al pub, el Red Lion, donde Rosas pasaba las tardes escribiendo la correspondencia que llegaría luego de meses a la provincia que lo había echado. Esa tarde televisaban un partido de fútbol. Todos miraban hacia la pantalla gigante; yo, en cambio, me detuve en una mesa situada contra una ventana Tudor y allí me imaginé a mi Juan Manuel, con la mirada perdida y lleno de nostalgia.

Viajar al pasado es un privilegio que todos deberíamos hacer. Imaginar, reproducir, reconstruir. Y desde ya, observar todo con los ojos de aquel tiempo. No sirve de nada tomar partido de los hechos con la mirada del siglo XXI. Eran otras normas, otras leyes y costumbres. Juan Manuel de Rosas fue un hombre de su tiempo. Y aquellos eran tiempos violentos.

fuente: infobae